viernes, 23 de julio de 2021

Y de nuevo... el cumpleaños de don Aníbal

 


De nuevo se llegó el 23 de julio, el cumpleaños de don Aníbal y revisando el blog veo que he estado escribiendo algo cada año en esta fecha. Pero este año, nada. No sabía de qué escribir. Y eso que he estado hablando bastante con mi papá durante los últimos meses... pero no estoy desvariando, es que me lo he encontrado con mucha frecuencia en mis sueños, donde me ha acompañado en toda suerte de extrañas aventuras como solo en los sueños ocurre. 

En fin, sin saber sobre qué escribir esta vez, me puse a revisar la cajita de los recuerdos, donde encontré estas fotos y muchas más, muchos recuerdos de antes de nacer yo ya que la cajita contiene principalmente fotos de don Aníbal soltero, trabajando en el taller de don Timo, viviendo con mi tío Chuz y mi tía Alice, viajando a México, en el IGSS, graduándose de perito contador... También una tarjeta de navidad de 1958, el año antes de casarse con mi mamá y que ella le mandó. La guardó en la cajita así que era importante para él. La invitación a su graduación de perito contador, así que me considero invitado aunque fue cuatro años antes que yo naciera. Y fotos de sus sobrinos, de mi abuelita, de sus hermanos, fotos de Tejutla y de los tejados de la ciudad de Guatemala de entonces.

Una sola foto mía había allí, la que recuerdo vivamente porque el pájaro que tenia en la mano no me hacía ninguna gracia pero a él sí le hizo, y me tomaron la foto con el rifle como si yo lo hubiera cazado... cosa que nunca he hecho ni pienso hacer. Ahora la cajita de los recuerdos de mi papá es la cajita de mis recuerdos donde tengo también fotos mías y de mis hermanos y mamá. Ya pasó de una generación a otra y quien iba a decir que una caja de implementos de afeitar iba a durar tanto y contener tanto significado.

Así que feliz cumpleaños papá, espero que lo celebres en la Guatemala del recuerdo donde ahora te encuentras con mis abuelas, mi hermano y mis suegros y tantos amigos que se han adelantado en este viaje. Un abrazo cariñoso y espero verte pronto en mis sueños de nuevo.

Texto y fotografías bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Guatemala

jueves, 23 de julio de 2020

El cumpleaños

Don Aníbal y doña Ethel
La luz del nuevo día ingresó por las rendijas de la ventana y por debajo de la pesada puerta de madera que daba a la calle. En el cuarto, de paredes de bajareque encaladas hacía ya algún tiempo, había dos camas ocupadas por dos niños pequeños. El menor de ellos, Santiago, abrió los ojos con ansiedad y comenzó a escuchar...

Afueta, en el patio, se oía ya el cacareo de las gallinas, que comenzaban a buscar comida; los gatos maullaban, sin duda porque se oían ruidos del final del corredor donde estaba la cocina y alguien ya habría prendido el fuego del poyo para hacer el desayuno.

"Seguramente mi mamá va a hacer chocolate" pensó Santiago. En el cuarto vecino alguien abrió la puerta y su hermano, que también se había despertado ya, se levantó y lo sacudió.

-- ¡Levántate! Ya es tarde -- le dijo.

Santiago se levantó y se vistió. En el clima frío de su pueblo, en las alturas de la Sierra Madre, no era costumbre bañarse temprano ni todos los días. Se lavó la cara en el agua fría de la pila. Estaba un poco desilusionado, porque nadie le decía nada. A pesar que su familia era poco dada a las demostraciones de afecto, esperaba que alguien se acordara que era su cumpleaños porque ya habían comenzado las fiestas patronales del pueblo en honor al apóstol Santiago, cuyo nombre le habían puesto a él. ¿O se habría equivocado de fecha?

Entró a la cocina y vio a su madre parada junto al poyo. Era una señora de mediana edad, medio gordita y vestida con mucha sencillez. Su cara, permanentemente seria, mostraba las señales no solo de la edad sino del sufrimiento de la viudez, la soledad y la responsabilidad de criar 8 hijos por sí sola. Preparaba algo en el fuego, tal vez el chocolate. Pero no, cuando se volteó lo que le ofreció a Santiago era un pocillo de café con tortilla quemada y panela... que él detestaba.

-- Buenos días mamá Fidelita -- saludó. Así le decían los niños a su mamá ya que también estaba "mamá" Trinis, su abuela.

-- Buenos días m'ijito. ¡Feliz cumpleaños!

El pequeño la miró con ansiedad mientras ella metía una mano en la bolsa del delantal y le ofrecía una reluciente moneda de a cinco centavos de Quetzal. En esos sencillos días cinco centavos compraban la mitad de la comida del día para una persona, así que debían haber signficado un importante sacrificio para la viuda. Santiago lo sabía y la recibió con una sonrisa de oreja a oreja, pensando en las deliciosas viandas que podría comprar con esa fortuna.

La familia se reunió - dos hermanas mayores, un hermano mayor y uno menor. Los otros hijos ya habían salido de casa hacía algún tiempo, buscando su destino y como ayudar a su madre con el sustento familiar.

Como no era día de clases, todos recibieron sus tareas, incluso el cumpleañero. A Santiago le tocó limpiar la calle entre su casa y un terreno que tenían enfrente. Era una tarea tediosa porque había que sacar todas las hierbas que crecían entre el empedrado. La casa de la familia, heredada de su abuelo materno, estaba muy cerca de la municipalidad y la plaza del pueblo por lo que se encontraba rodeada de calles empedradas. Más abajo, a un par de cuadras de distancia, la calle que iba al cementerio era de tierra.

Santiago hizo un alto en su tarea y fue al mercado, apenas a media cuadra de su casa. A su corta edad estaba acostumbrado a caminar solo por todo el pueblo y nadie le ponía atención. En ese pequeño pueblo del altiplano guatemalteco en la tercera década del siglo XX un niño estaba tan seguro en el mercado como en su casa; todos lo conocían y sabían quién era su madre, por cierto, una de las personalidades del pueblo.

En el mercado, Santiago compró sus dulces de cajeta, espumillas, higos caramelizados, nuégados, roscas y otras menudencias semejantes, las que planeaba compartir con sus hermanos. Caminando de vuelta se paró a ver un rótulo que anunciaba la próxima venida de un circo al pueblo. No estaba tanto interesado en el circo sino que se gozaba de poder leer el rótulo ya que apenas ese año había aprendido a leer, lo que se volvería uno de sus pasatiempos favoritos. En la esquina, sobre el rótulo había un pequeño pájaro. Santiago colocó su compra en el suelo y sacó su honda de hule, con la que certeramente derribó al desdichado pájaro de una pedrada. Corrió a revisarlo pero lo dejó allí donde había caído cuando se dió cuenta que no era particularmente comestible.

Almorzó y siguio con su tarea de deshierbar el empedrado. Caía el sol cuando terminó. Mientras cenaban se quedó esperando que alguien hiciera algún comentario sobre su cumpleaños pero nadie dijo nada, a pesar de haber compartido con todos las golosinas. La familia recogió y limpió y llegó la hora de acostarse.

Antes de dormir, Santiago meditó observando las telarañas en el techo de machimbre. Su cumpleaños había llegado y se había ido sin mucho ruido. Había pensado si su mamá... pero no, cuántas veces ella le había dicho que era viuda y tenía que mantener cinco hijos con lo que ganaba como costurera y lo que le daban, a veces, sus hijos mayores... Por eso se ponía tan contenta cuando él traía una ardilla o un tuacuazín que había cazado con su honda de hule... Pero si no hubiera que trabajar el dia del cumpleaños... Qué aburrido deshierbar el empedrado... Tal vez el próximo año...

miércoles, 24 de julio de 2019

Recuerdos del futuro


Ayer, 23 de julio, fue el cumpleaños número 91 de don Aníbal. Me recordé temprano y mientras miraba algunas fotos de mi papá, con algo más que el asomo de una lágrima en mis ojos, me recordaba que a él nunca le gustó celebrar su cumpleaños.

Desde que tengo memoria, no hubo celebraciones de cumpleaños el 23 de julio. No sé en realidad si es porque no tenia costumbre, porque en su casa de pequeño no se lo celebraban o porque tal vez, de alguna manera, sabía lo que le iba a tocar. Porque el 23 de julio de 1981 estábamos en el cementerio, enterrando a la abuelita Fide, su mamá.

Después de eso ya ni siquiera le recordábamos que era su cumpleaños. Más bien yo le daba un buen regalo del día del padre en junio, el que hubiera sido su regalo de cumpleaños.

En fin, me acordaba también que mi papá siempre dijo que el nunca cumplió más de 33 años, que hasta allí había llegado y no había incrementado su edad. (Yo me quedé en 25). Tampoco nunca me dijo claramente por qué había escogido esa edad pero como cada uno piensa que uno es el centro del universo, creo que sé la razón.

El año que mi papá cumplió 33 años fue el año que nací yo, su primogénito.

Y pensando en su cumpleaños espero que don Anìbal esté en su casa, en esa mítica tierra de los recuerdos, la Guatemala de ayer donde disfruta de su sillón favorito en la sala, con su gato favorito Mustafá a sus pies y su crucigrama de la Prensa Libre.

Feliz cumpleaños don Aníbal. Felices 33 años.


martes, 2 de enero de 2018

Don Aníbal en México


Noviembre de 1952
A principios de noviembre de 1952, en medio de la tal llamada “primavera democrática” de Guatemala bajo el gobierno del “canchote” Jacobo Arbenz, don Aníbal se presentó a solicitar “visa de salida del país”, para dirigirse a México. Salió el 12 de noviembre y volvió a ingresar el 29 del mismo mes, luego de solicitar “visa de entrada al país” en el consulado de Guatemala en el DF.

Esto lo se porque tengo el pasaporte que utilizó don Aníbal para ese viaje. Hay unas fotos en la cajita de los recuerdos donde aparece él con su cuñada la querida tía “Alice gordita” como él siempre le decía, muy elegante ella con sus zapatitos de tacón y un suéter. (Foto a publicar pronto). Alguna vez él mencionó ese viaje pero lo interesante es la foto que coloqué al inicio de esta entrada. Allí está don Anìbal, a sus 24 años y tal vez pesando unas 120 libras, era muy delgado. Ya tenia algunos años de trabajar en la capital y como buen soltero “playboy” que era le gustaba vestir bien. Y se ve bien en la foto, con su saco de cierre traslapado, sus pantalones con paletones, que le gustaba usar y su cuidadoso corte de cabello.

Así que en ese viaje iba don Anibal, la tía Alice y algunas personas más que no reconozco. Un lindo recuerdo de mas de diez años antes de que yo naciera, nos quedaron las fotos para recordar cariñosamente a don Aníbal.


Texto y fotografías bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Guatemala

miércoles, 22 de noviembre de 2017

10 años no son nada



Llega un momento en la vida en que se sorprende uno de echar una mirada atrás y pensar que eventos que fueron tan importantes para uno mismo o para el mundo, a veces, se recuerdan con tanta claridad y ocurrieron (¡horror de horrores!) hace 40 años… o 50 años… ¿Cómo y cuando me volví tan viejo si me sigo sintiendo como cuando tenía 25…?
Así sucede cuando veo el calendario y veo que ya hace 10 años que no disfruto la compañía de don Aníbal. 10 años que pasaron como un suspiro y que, sin embargo, contienen tantas experiencias y recuerdos nuevos, de cosas que quisiera haber compartido con él, de logros que quise haber comentado con él… pero que tuve que contentarme con pensar que le hubieran gustado o le hubieran agradado.
Y tal vez eso es la mejor parte de guardar el recuerdo de un ser querido, el pensar que uno puede hacer y lograr cosas que a esa persona le hubieran agradado. Es como tener una brújula, un compás moral que le ayuda a uno a mantenerse en el camino correcto siguiendo los buenos ejemplos, aunque esos ejemplos sean nada más recuerdos de una persona que ya no está con nosotros.
Y como he dicho siempre, aunque hubo cosas no tan buenas hay muchas cosas ejemplares que se pueden aprender de la vida de don Aníbal. Sigo admirando su frugalidad, el haber sido feliz con tan poco y comparo a veces con la desesperante cantidad de cachivaches que tenemos aquí y allá y en todas partes. Siento que nuestra vida debería ser más sencilla y más fácil. Don Aníbal lo logró y viviendo en esa sencillez él era feliz.
También es recuerdo agradable y fuente de inspiración su gran amor por la familia. Su adoración por “su reina” como siempre le dijo a mi mamá, su cariño y devoción a sus hermanos y su mamá, a sus sobrinos y a sus nietos.
Y pasan los años y me sigo sorprendiendo de las cosas que descubro de mi papá, que no sabía. Como la foto que acompaña a este post. Ni idea que mi papá había participado de esa actividad hasta que descubrí que un primo me había enviado el recorte hace ya algunos años… y casualmente cuando pasó la mayor parte del tiempo en Honduras y me han hablado de la gran tragedia que fue el huracán Fifí. Y yo me acuerdo de ese huracán… hace cuarenta y tantos años… Diez años no son nada.
Así que mi recuerdo cariñoso y mi saludo hasta la Guatemala del recuerdo donde ahora mora don Aníbal. Algún día seremos nosotros también habitantes de ese lugar mítico y solo podemos esperar que los recuerdos que dejemos atrás sean tan buenos como los que dejó don Aníbal. Siempre cariñosamente recordado.
Texto y fotografías bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Guatemala

domingo, 12 de mayo de 2013

Don Aníbal y la astronomía





Ese librito, maltratado y amarillento que recogí de la casa de mis papás hará unas cuantas semanas es la "Astronomía, Nueva edición revisada y puesta al día" originalmente de don José Comas Solá, revisión de don Federico Armenter de Monasterio, Editorial Ramón Sopena, Barcelona, España 1960.

Baste con decir que ambos son distinguidos astrónomos españoles. Lo importante es que el mencionado libro pertenecía a don Aníbal. Recuerdo ese librito desde que yo era pequeño; tenía un sobre-forro que ya se perdió hace tiempo, con una linda pintura del reconocido pintor Chesley Bonestell, famoso artista de la era del espacio. Quién sabe cuándo lo compró don Anibal; el libro tiene una etiqueta de "Tuncho" (aún no era "Tuncho Granados") y tiene, al menos, 50 años de estar en la familia. Un tesoro para mí.

Mi papá siempre fue aficionado de la astronomía y le fascinaba ver el cielo y las estrellas. Se sabía los nombres de las principales constelaciones y siempre localizaba los planetas, cosa que siempre le envidié porque yo no soy bueno para eso (tal vez no le he puesto la atención que él le puso). Siempre tuvo ilusión de tener un telescopio, lo cual por una razón u otra nunca se le cumplió. En los últimos años de su vida, yo tuve la intención de comprar un telescopio reflector con montura electrónica de al menos 10 pulgadas para él pero, también, por una razón y otra pospuse la compra hasta que fue demasiado tarde. Quizás algún día lo compre en homenaje a él.

La astronomía fue uno de tantos intereses de mi papá, quien tenía una aguda inteligencia y una sana curiosidad científica. Recuerdo que cuando yo era pequeño él me hablaba de cualquier cosa que yo le preguntara, con mucha propiedad. De él aprendí mi amor por los libros y heredé esa curiosidad, que hoy no me deja de meter en problemas.

Hoy que don Aníbal y mi hermanito ya no están conmigo me consuelo al mirar al cielo y pensar que tal vez ellos son ahora un par de estrellas más en el cielo de la Guatemala del ayer.

Nota: Encontré esta imagen de Bonestell (Saturno desde Titán) que se parece mucho a la que recuerdo que estaba en el forro original de la Astronomía de don José Comas Solá. Esta imagen se encuentra en el blog The Golden Age (thegoldenagesite.blogspot.com)



Texto y fotografías bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Guatemala

domingo, 4 de noviembre de 2012

Mi papá lo llamaba Nunito



Mi papá lo llamaba Nunito

Este fue el pensamiento que prevalecía en mi mente durante esta semana que vimos partir a mi hermanito. Mi otro hermano y yo comentábamos nuestros recuerdos de niños; Santiago siempre fue ese niñito pequeño y enfermizo, con mucha dificultad para respirar por el asma, pero con unos ojos grandes y luminosos y una sonrisa fácil. Qué irónico que nuestros últimos recuerdos de él son los mismos, la misma dificultad para respirar, los mismos ojos expresivos y su sonrisa cuando nos veía llegar.

Mi papá lo llamaba Nunito

Llegó sigilosamente - mi mamá no supo que estaba embarazada sino hasta los seis meses, no me pregunten cómo, y luego nació rápidamente, sólo tres meses después. Yo tenía tres años, mi otro hermano tenía uno y no podíamos pronunciar su nombre "Edmundo" así que decíamos "Nuno". Y Nuno le quedó, si no para nosotros, que siempre le dijimos Edmundo, sí para mis primos que hasta la fecha preguntan por "Nuno".

Mi papá lo llamaba Nunito

Mi hermano tenía un gran corazón. No solo era muy generoso, siempre lo fue desde pequeño, sino que físicamente su corazón era grande y fuerte. A pesar de no haber sido deportista de pequeño, ya adulto se aplicó al ejercicio y llegó incluso a certificarse como personal trainer en un viaje que hizo a California con ese propósito. Corrió la maratón de San Silvestre varias veces y el haber sufrido tanto el asma durante sus primeros años le desarrolló una gran resistencia al dolor, lo cual compartía con los grandes atletas, que no se dejan vencer por el dolor. Esa fortaleza física le ayudó en sus últimos años, en esa lucha contra esa enfermedad insidiosa y traidora.

Mi papá lo llamaba Nunito

Mi hermano compartía con mi papá el nombre Santiago y también una gran semejanza física. Y, al igual que mi papá, el legado de mi hermano no fue de títulos, riquezas y propiedades sino de afecto, solidaridad, amistad y cariño. Todos lo recordaremos por su buena disposición a servir y ayudar, su entusiasmo y su compañerismo. Hoy, que no lo tenemos, agradecemos la compañía y el cariño de sus amigos y compañeros, que no lo olvidarán y que igual que nosotros, su familia, siempre lo llevarán en su mente y en su corazón; el recuerdo feliz del buen amigo, del entusiasta trabajador y el paño de lágrimas de muchos de nosotros, para quienes siempre estuvo listo y dispuesto.

Y mi papá, lo llamaba Nunito

Texto y fotografías bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Guatemala